El Manchester City tomó por asalto la ciudad y el liderato de la Premier League. Un frentazo del belga Vincent Kompany en el descuento del primer tiempo bastó para derrotar al vecino, un United que perdió la batalla desde la alineación inicial que Sir Alex Ferguson mandó a la cancha.
Por Carlos Andrés Gallegos Valdez
La Premier League está en manos del Manchester City. En la
final adelantada de la temporada, un solitario gol de Kompany llena de
esperanzas, grandes esperanzas, a uno de los anteriores niños pobres del futbol
británico. Empatados a 83 puntos, pero con la diferencia de goles favorable al City, los dos equipos de Manchester parecen viajar
en rumbos opuestos. Manchester United viaja en un tren vacío, rumbo al
crepúsculo de una era brillante, lleno de bonanza y títulos. Manchester City se
desplaza en avión privado de fábrica árabe, buscando llegar al aeropuerto de
grandes equipos que conforman el escenario europeo del futbol. Quedan dos
partidos para saber si semejantes viajes llegan a sus destinos; el avión puede estrellarse y el tren podría llenarse de
pasajeros para alumbrar un nuevo día de éxitos.
El primer tiempo resultó peleado, pero poco brillante.
Manchester City, equipo goleador donde los haya, sufrió la problemática de toda
la temporada, extraviar la creatividad ante equipos fuertes y replegados , y explotar la dinamita ante oncenas modestas que amontonan hombres en la zona
defensiva para no comerse una goleada. En esta ocasión, los dirigidos por
Mancini se vieron más desahogados porque Manchester United olvidó sus colmillos
afilados en Old Trafford y quiso morder con dentadura postiza a un armazón de
hierro. En los “citizens”, sólo Sergio Agüero y Samir Nasri pusieron algo de
creatividad. Los otros veinte futbolistas corrieron como caballos desbocados y
sin estribos, en un primer tiempo con mayor derroche de ácido láctico que de fútbol.
La segunda mitad presentó a un Manchester United demasiado
encadenado a sus vicios. Obligado a atacar para mantener el primer lugar, presentó
su mejor papel de víctima rebasada por los acontecimientos. Vivió lamentando el
desperdicio del primer tiempo y no tuvo valentía para recomponer el camino en
el segundo. Las llegadas peligrosas brillaron por su ausencia y ni las rectificaciones
tardías de Alex Ferguson (le dio media hora a Welbeck y le mendigó diez minutos a Valencia) cambiaron el tono azul del clásico de Manchester. El City, por su parte, manejó mejor el partido
pero pudo llevarse una sorpresa al decidir replegar líneas en los últimos
minutos contra un boxeador que sólo buscaba el golpe de suerte para noquear.
Mancini se acordó de su estirpe italiana y metió a Nigel de Jong y Micah
Richards en lugar del indultado Carlos Tévez y David Silva. Esta vez, el entrenador se
salió con la suya. Una pelea verbal entre Mancini y Ferguson,
propia de la calentura de un derbi, refleja la nueva lucha entre dos equipos
que podrían continuar con su puja por los títulos en próximos años, y la nueva
conducta de un vecino que solía bajar la mirada ante las hazañas del dueño de Old
Trafford.
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