miércoles, 9 de julio de 2014

Argentina gana al miedo

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

En ocasiones, los penales son la comprobación empírica de las especulaciones de Andy Warhol, porque convierten a porteros anónimos en hombres de fama. Sergio Romero, un lacayo que se moría de aburrimiento en la corte principesca de Mónaco, regresó sin fortuna a la patria donde lo veían como un advenedizo. Portero tan callado que sus defensas no le reconocen el tono de voz, es de esos valerosos que en un terremoto prefiere resguardarse debajo del travesaño, con el riesgo de que le caiga el metal en la cabeza.   Con semejantes recomendaciones, el currículum de Romero fue despedazado por los ejecutivos argentinos: “No sirve”, “es un capricho de Sabella”, “Willy Caballero es mejor”, “fue suplente en Francia”. Pero los penales no sólo crean celebridades, componen mitos populares. En un país exaltado como Argentina, Romero es ahora el padrino de todas las bodas, el hijo que todo padre pone de ejemplo. Dos penales atajados a Ron Vlaar y Wesley Sneijder elevan al noble frustrado a la categoría de rey, el que trajo la fortuna de una final de Copa del Mundo a Argentina luego de 24 años de pobreza.

Argentina jugará contra Alemania luego de una semifinal contra Holanda que más valdría olvidar. El miedo al error provoca dos situaciones, que te equivoques aunque no quieras, o que ni siquiera se emprenda el proyecto para evitar el tropiezo. Argentinos y holandeses no se molestaron en ejecutar planes de acción, y tanta parálisis sumergió en la flojera a los aficionados. Equipos tacaños, esotéricos adictos a especulaciones paranormales, cerraron puertas con cadenas y candados para que ni un leve chasquido de viento se inmiscuyera en sus porterías. Alejandro Sabella y Louis Van Gaal, meteorólogos del tanteo, vieron nubes en el cielo y pronosticaron huracanes. Las calles quedaron desiertas y los damnificados se resguardaron para esperar la ayuda de un error defensivo o de los penales. El primer tiempo fue un bullet-time, el balón trotaba desganado en el pasto ante pases demasiado ensayados, Argentina intentó explotar la banda derecha vigilada por el nervioso policía Bruno Martins Indi, pero Ron Vlaar y Stefan de Vrij hacían detenciones rápidas. Los ministerios de censura podrían recortar estos 45 minutos de la sala de edición por mera decencia, pero el contenido es tan mediocre que la mutilación no nos ahorraría algo peligroso o subversivo.

Aunque Van Gaal intentó animar a su equipo ingresando a Darryl Janmaat y Jordy Clasie, el segundo tiempo fue una fotocopia del primero. Las zonas defensivas parecían la reunión de una masa fanática en un concierto pop, repleto de gritos de los defensores y sin espacios para alimentar con aire puro a los pulmones. Aunque Enzo Pérez realizó un buen papel actoral como Ángel Di María, la tormenta argentina no terminaba de desbordar la presa, especialidad de ingeniería hidráulica propia de Holanda, país que vive debajo de mar como Bob Esponja. Sabella intentó desinhibir la frigidez holandesa metiendo a Agüero y Palacio, pero el partido estaba hecho para los persignados. Ya al final, en el 90’, Arjen Robben pudo darle la Final a Holanda, pero Javier Mascherano se embarró de lodo con una barrida impregnada de limpieza. El calvo del Bayern Munich encontró un nuevo Casillas.

Los tiempos extra aumentaron los nervios y con ello, las imprecisiones de unas piernas demasiado ocupadas en correr. Van Gaal se guardó el comodín Tim Krul y apostó el resto de sus fichas en Klaas-Jan Huntelaar, el paracaidista que atacó desde el aire a México en Octavos de Final. El regateador holandés quiso cerrar el negocio antes de que los precios de la bolsa subieran, pero Argentina no es un equipo muy amigable con el cliente. Emociones pocas, algún tiro lejano, un desborde de Lionel Messi en la única pelota a modo que recibió y conversaciones timoratas en forma de pases atrasados en zona defensiva, ante el hastío de un público sordo que necesita escuchar a gritos. Agricultores de tierras en sequía, los veintidós jugadores esperaron la lluvia para que sus semillas brotaran. Así llegaron los penales, compensación de un show desabrido donde los teloneros ahondaron la nostalgia por el grupo estelar, película romántica soporífera que se visiona entera obligatoriamente, para esperar el beso final de los enamorados. Sergio Romero rememoró a Sergio Goycochea y Carlos Roa, los argentinos metieron sus cuatro penales y los holandeses alargan su inmerecida reputación de perdedores habituales.

24 años después, Argentina regresa a una final de Copa del Mundo contra Alemania, el mismo país que los hizo llorar en Italia, la misma nación que fue testigo de lujo de la magia de Maradona en México 1986, último mundial que ganó la albiceleste.  La final del desempate se deslumbra ante la reedición del Übermensch nietzscheano, voluntad de poder que acabó con el decadente Brasil a base de goles. Pero sería un grave error descartar a los argentinos. Huevos les sobran. Y sus hinchas cantarán hasta que se queden sin garganta. Además está en juego la consagración de Lionel Messi en el museo del futbol mundial. Y el placer villano de sentenciar el maltrecho orgullo brasileño, como Alejandro Magno con los persas o los británicos con Napoleón en Waterloo. El Maracaná, estadio susceptible al estrés, se marea.

martes, 8 de julio de 2014

Un Blitzkrieg destroza Brasil

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

Brasil recrudeció sus traumas con una borrachera de siete goles. El pueblo brasileño, resentido por el Maracanazo de 1950, encuentra nuevos chivos expiatorios en una Selección amnésica de historia y destrozadora de reputaciones. Luiz Felipe Scolari pretendió jugar el Mundial como un bravucón de colegio, con empujones y puños apretados, pero el bombardeo alemán humilló su fama de malo. La memoria, arqueóloga del tiempo, alojará el 7-1 como patrimonio mundial, reliquia frente a la cual seguiremos frotándonos los ojos de estupefacción y asombro. Mientras, Brasil tendrá que recurrir a los pañuelos y a los historiadores. Los primeros deberán mitigar las lágrimas de una afición ultrajada. Los segundos deberán recordarle a Brasil su pasado para evitar los bochornos del presente.

Tierra de inventores hechiceros, de artistas de la favela, de poetas que escriben sus primeros versos en las playas firmando con plumas de trapo, Brasil perdió esa aura y ahora tiene jugadores sin inspiración, más aptos para guardar silencio en las conversaciones que para detonarlas. Luiz Gustavos , Freds y Jos, esos talacheros que se venden como grandes ingenieros, deprimen el recuerdo de los Sócrates, Rivaldos y Ronaldos. En el partido, a Brasil le dolió tener el balón en los pies, como si la pelota tuviese espinas. Durante toda la Copa del Mundo, el automóvil brasileño se condujo como un Nascar, ganando carreras mediante choques, bufidos motorizados y volantazos. Envalentonado por sus victorias aparatosas, el corredor Scolari siguió confiando en su manejo hiperactivo, pero un Monster Truck alemán lo aplastó. La escuela de manejo brasileña, históricamente acostumbrada a triunfos de ingeniería tipo Fórmula 1, lanzará los restos del carro “canarinho” versión 2014 a la chatarra.  A Scolari sólo le quedará la factura del traumatólogo.

La motivación local, agitada por la bandera y el apoyo del público, duró diez minutos. Thomas Müller encontró el primer gol luego de un tiro de esquina, una estufa encendida que los brasileños se olvidaron de atender. La comida se le quemó a la defensa y su mejor chef, Thiago Silva, no estaba en la cocina para ordenar las tareas de un desquiciado séquito de ayudantes. Alemania, un ejército que combina la disciplina prusiana y la rapidez de las unidades nazis, siguió fatigando la menguada moral del anfitrión y en base a pases rápidos y contrataques, aplicaron el ataque relámpago que invadió el Mineirao en seis minutos. Cuatro goles como cuatro cañones de panzer.

Miroslav Klose marcó el segundo gol para superar a Ronaldo como máximo goleador de la historia de los Mundiales (16 tantos lleva el alemán) y agregar más historia a un partido nacido póstumo. Toni Kroos concluyó una sinfonía de cinco toques en el área brasileña para el tercero y materializó un robo  de balón a Fernandinho para el cuarto. La manita llegó con Sami Khedira, tras otro zumbido de pases que dejo a Brasil sordo. La “canarinha” se agazapó en un rincón para esconderse de los golpes, ya era necesario un juez de boxeo para detener la pelea. La primera mitad terminó con un Brasil insolvente en subasta contra una Alemania hinchada de salchichones y cerveza. El segundo tiempo solo sirvió para alargar los pocos signos vitales del moribundo Brasil, aferrado al respirador artificial y a un milagro que evitase la eutanasia. Los alemanes no bajaron la intensidad y abrumaron los nervios de una defensa que solo podía morderse las uñas. Andre Schürrle entró a la fiesta para comer una buena tajada del pastel con el sexto y séptimo gol del encuentro. Óscar marcó el tanto de la honra cuando el estadio Mineirao tenía más butacas que gente. Todavía Özil se comió el octavo en un contrataque, pero perdonó como si hubiese visto banderas blancas en el arco de Julio César.


Los alemanes, con años de andar en el mismo sendero, armaron su caminata de garantías y salvoconductos que los presentan como aptos para ser campeones del mundo. Una generación de futbolistas eclipsada por España durante seis años, ahora tienen la oportunidad de ganar su cuarta copa del Mundo tras tocar la puerta de la novia con música y cohetes. Özil, Lahm, Kroos, Müller, y otros apellidos ilustres, intentarán consagrarse en el archivo histórico del futbol alemán, junto a los Beckenbauer, Maier, Walter o Matthaus. Pero siempre se recordarán a estos emuladores de Goethe y Schiller como los románticos que enamoraron la memoria del futbol y ayudaron a escribir una obra maestra inédita (y seductora) de los Mundiales. Por otra parte, el suplicio brasileño tardará tiempo en sanar. La afición debería olvidar rápidamente el dolor y evitar ser devorados por el resentimiento, ese que condenó a Moacyr Barbosa, el arquero del Maracanazo, al ostracismo social. Un resentimiento que combinado con el miedo, dejó en el inconsciente un caldo de cultivo para una nueva tragedia en un país que decidió obsesionarse en el recuerdo de 1950 y ahora acumulan una doble fobia. La rabia de la derrota se añade a la organización dispendiosa y corrupta de una Copa que acentúa las desigualdades sociales en un país repleto de extremos. Pero tal vez esto sea lo mejor. Si Brasil hubiese ganado el Mundial, era un autoengaño. Como la Selección que pretende caminar con zapatos europeos y se notan torpes con ellos. Como la economía emergente que disimula con maquillaje sus ojeras e imperfecciones. 

lunes, 28 de abril de 2014

Chivas, el fracaso que no cesa

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

La derrota más reciente ante Monterrey elimina a Chivas de la Liguilla, casa de huéspedes donde ni se le espera y se le olvida. Al cuadro rojiblanco se le alinearon los astros, pero el creyente de la astrología no leyó su horóscopo y decidió quedarse en casa. El gol de Efraín Juárez confirmó el crepúsculo deformado de un equipo que parece homenajear a Frankenstein, armado con piezas desvalijadas de un cementerio.  Sin un sistema inmunológico que responda a las bacterias carroñeras, o células que permitan emular el funcionamiento de un cuerpo libre de peste, el Guadalajara se abandona al ambiente luctuoso del panteón llamado descenso. La próxima temporada, Chivas solo estará arriba de Puebla y el equipo que ascienda, en ese invento de contadores llamado porcentaje. El optimismo de ludopatía de casino del dueño del equipo lo ha llevado a apostar su propio cuerpo para salvar a su propiedad de la deshonra del descenso. Lo mejor sería que se pusiera a trabajar para evitar la quiebra, dejar de jugar al linchamiento del mártir, y recordar que en Argentina se juraba que un equipo de rojo y blanco no podría descender. Era demasiado limpio para corromperse con los esqueletos de las tumbas, decían. Su nombre era River Plate, y al final se comprobó que era mortal.

El popular imaginario zombie encontraría un buen argumento narrativo en la vida de Chivas. Repasemos los raquíticos resultados del popular equipo tapatío. Desde el Clausura 2012, el primer torneo del año, hasta el recién concluido Clausura 2014, Chivas ha ganado veinte partidos, empatado 27 y perdido 38. En ninguno de los más recientes cinco torneos ha superado los diecisiete goles por temporada (promedios menores a un gol por partido). Ocho técnicos han pasado por el equipo sin generar resultados positivos (más allá de John Van’t Schip que clasifica a la Liguilla del Apertura 2012 como el perro que pasa la cerca dejando pelos en los alambrados, o los recientes cuatro compromisos de Ricardo La Volpe). La grandeza del Guadalajara, cobijada por los trofeos de una generación dorada que se marchita por el paso inapelable del tiempo y por la popularidad que aún conserva, pese a que los asientos vacíos del Estado Omnilife puedan indicar otra cosa, se reduce en últimas fechas a la añoranza ritual del pasado y a las lamentaciones de la caricatura mal dibujada del presente.  El equipo jalisciense se refugia en el asilo de la apatía, mirando por la ventana, acumulando senectud mientras otros se hacen jóvenes de entusiasmo.

Es claro que los jugadores no logran demostrar su capacidad en la cancha. Los refuerzos se debilitan en la rutina decaída del equipo, unos canteranos son arrancados del árbol demasiado verdes y otros vuelan por las nubes sin siquiera saber caminar. Los llamados símbolos del equipo, hombres de experiencia porque habitan años la casa, se olvidan de barrerla y se enojan si les pones a hacer la comida. Otros más prefieren ser niños de pechos o entrenar su lengua para catar vinos por galones. Pero la mayor parte de las culpas del empobrecido estatus del Guadalajara se debería achacar a Jorge Vergara y su primera dama, Angélica Fuentes.

Cuesta creer que un dueño cuyo éxito de su empresa se sostiene de la abolición de las jerarquías verticales (la cadena multinivel), tome decisiones tan personalistas que solo se pueden entender desde el capricho o los humores del cuerpo. Es un símil de Jesús Gil y Gil, finado presidente del Atlético de Madrid que consumía entrenadores como si fueran cervezas. Solo desde el punto de vista dipsómano se entendería el carrusel de directores técnicos que han dirigido a Chivas en la Era Vergara iniciada en 2002, tan amplio que no cabrían en un camión de redilas. O los presidentes manejados como títeres por las torpes manos del ventrílocuo y terminan arrumbados como trapos viejos en algún rincón de las oficinas de Vergara, con los ojos descocidos y la tela roída.  Los defensores de la gestión del empresario señalan su confianza en las Fuerzas Básicas (lo que tendría que ser una obligación en un club que utiliza puros mexicanos y ya se venía haciendo desde la gestión anterior de Francisco Cárdenas) o las exportaciones de producto rojiblanco a tierras holandesas e inglesas (como si Chicharito y Carlos Salcido fuesen ideas patentadas por el cerebro financiero de Vergara y no futbolistas profesionales talentosos). Pero, y solo es mi opinión, Vergara tiene las piernas repletas de contusiones por tantos tropiezos derivados de su andar apresurado, patizambo y sin fijar la vista enfrente. Bajo un lazarillo tan impaciente y excitado, no sorprende que el invidente rojiblanco se estampe de bruces en la calle.

Habría que tener un mínimo de escepticismo y crítica antes que negarle a los ojos el don de la vista mediante arengas que silencien la realidad y alboroten la pasión.  Tal vez por esto, no me gusta la cultura del aguante que ciertos medios de comunicación y aficionados defienden. Me recuerda a la venerable tradición mexicana de dejarse golpear por el marido o tomarse a sorbos la sopa fría con huevos de mosca que sirven los restaurantes negligentes. El público está para apoyar, no para criticar, ya que si lo haces eres un mal aficionado, te repiten en estribillo. Lo mismo hacen los políticos para que apoyes sus reformas, aunque estas puedan perjudicar, como las cláusulas de censura a Internet de la reforma de Telecomunicaciones. Porque si no la apoyas, eres un mal mexicano. Las butacas vacías del Omnilife existen porque no hay un equipo que los motive al derroche monetario que vale la pena despilfarrar por un entretenimiento decente. ¿Cómo se puede uno divertir con un equipo trágico que sólo invita al melodrama?. Además, ¿Quién va a ir al Estadio Omnilife con espectáculos tan pobres?, para eso hay actividades menos soporíferas, como ver llover, contar coches que pasan por la calle o atestiguar la lenta agonía de una pintura que nació fresca y terminará seca en el camposanto de concreto de una pared. Chivas deberá comportarse como un novio verdaderamente arrepentido, reaprender la seducción y la cursilería para volver a enamorar a la mujer harta de ver al equipo en zona de descenso, que pierde el doble de partidos de los que gana, y con un dueño cuya estabilidad emocional es más irregular que la especulación en Wall Street.

miércoles, 19 de junio de 2013

Adiós a la Confederaciones

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

México es eliminado de la Confederaciones sin aliviar un poquito su estado de estrés. Los goles de Neymar y Jo le dieron el triunfo y la clasificación al anfitrión Brasil, que derrotó a un equipo paralizado. Cuando juega futbol, el Tri de José Manuel de la Torre presenta sus uñas roídas, sus ojeras curtidas en la permanente pesadilla y mira bamboleante a un perseguidor imaginario. Brasil no extrañara al cuadro mexicano en esta Confederaciones. En la clase a la que acuden selecciones nacionales campeonas de sus regiones geográficas, nadie se acordará de México, porque ni el maestro ni los alumnos presenciaron brillantez en ese niño que se sentó hasta atrás del salón, en un rincón.

Todos los hombres y mujeres tenemos hábitos arraigados, Rutinas que se repiten inconscientemente, asimiladas en la vida cotidiana. Algunos no salen de su casa sin colgarse un crucifijo o ponerse una pulsera, otros se duermen con algún oso de peluche o con la luz encendida, unos más riegan las macetas o lavan el coche los fines de semana. El Chepo de la Torre tiene sus propios automatismos. Usa una alineación y táctica que un enfermo de Alzheimer aprendería de memoria. Se apega a los mismos jugadores: Maza Rodríguez, Torrado, entre los más criticados por la afición. Hoy, el patrón del Tri cambió a algunos empleados de puestos inferiores, quitó a Zavala, Aquino y metió a Torres Nilo, Hiram Mier y Gerardo Flores. Pero las oficinas de los ejecutivos se mantuvieron intactas. Pero más allá de la alineación titular, lo que no cambió en el Tri fue el juego desplegado en la cancha.

Algunos comentaristas dirán que el futbol de la selección mejoró. Pero es como decir que en México, millones de pobres saldrán de su condición social porque se le aumentaron dos pesos al salario mínimo. El Tri se limpió las lagañas de los ojos con saliva y se peinó con los dedos de la mano, al no haber peine. Se echó agua a los zapatos para dar la impresión de estar boleados y se lavó los dientes con un chicle de menta. Es decir, la suciedad disfrazada. Durante largos minutos, la oncena verde manejó el balón en campo de Brasil con fluidez paquidérmica, las llegadas eran cohetes sin pólvora y, salvo excepciones, las flechas dirigidas a la diana local terminaban lejos de la zona amarilla. En un juego donde el resultado era vital para mantenerse con vida en la Confederaciones, México intentó rebelarse ante su condición miserable, pero apenas remendó algunos harapos y tapó uno que otro agujero del techo hogareño.

El partido, celebrado en Fortaleza, inició con una ráfaga de llegadas brasileñas. Cómo todos los chubascos, la lluvia se terminó en poco tiempo. Pero dejó daños materiales. Neymar aprovecho un pase de Daniel Alves y remató de volea para inaugurar el marcador en el minuto nueve con un gol vistoso. La nueva contratación del Barcelona sacó el conejo del sombrero, aprovechando los reflectores del teatro levantado por FIFA, para ganarse el reconocimiento como un mago importante a nivel mundial. Al menos hoy, fue el mejor de la cancha. El gol de Neymar agudizó el sonrojo de un equipo mexicano que iba tras el balón como galgo persiguiendo una liebre mecánica. Pero luego de veinte minutos, el Tri se animó a salir a la calle sin paraguas, pero no pisaba charcos ni mucho menos se atrevía a caminar sin el amparo de los techos. Un tiro desviado de Hiram Mier al 16’ y cobros a balón parado, fue la magra producción ofensiva mexicana en un primer tiempo de escaso futbol.

La segunda mitad empeoró en cuanto a despliegue futbolístico. A las pedradas mexicanas, Brasil contestó con cierta indiferencia, ya que los proyectiles no le llegaban al cuerpo. La selección de Luiz Felipe Scolari, un equipo sin el empaque de otras potencias pamboleras, alternaba matices apenas luminosos con otros oscuros y grises. El Scratch du Ouro era un álbum musical de diez canciones en las que una o dos eran disfrutables. Pero el rival apenas podía cantar sin que las desafinaciones le estropearan la melodía. México buscó el empate con combinaciones de Giovanni Dos Santos o desbordes de Pablo Barrera, jugador que parece actuar mejor en los ensayos previos que frente al público en el teatro, algo endémico en el Tri del Chepo de la Torre. México sólo se animó a colocar dos delanteros cuando el reloj ya casi marcaba hora y media de juego. No obstante, ninguno de los cambios fructificó para elevar la anemia goleadora mexicana. Desde el gol de De Nigris en Kingston, México es incapaz de marcar en jugada elaborada en más de seis horas de juego. Con tantas rosquillas, el Tri engorda a lo Homero Simpson. Cuando el partido ya estaba en tiempo de descuento, Neymar se deshace de Mier y Rodríguez en una zona acordonada, y le regala un balón con moño a Joao Alves, “Jo”, para que el delantero del Atlético Mineiro sentenciara el encuentro y le entregue el boleto a semifinales a Brasil. México agonizaba y finalmente murió tras la victoria de Italia ante Japón por 4-3.

Cuando era entrenador de la selección de Argentina, Marcelo Bielsa motivó a sus jugadores con las siguientes palabras: "En las peleas callejeras hay dos tipos de golpeadores. Está el que pega, ve sangre, se asusta y recula. Y está el que pega, ve sangre y va por todo, a matar. Muy bien, muchachos: vengo de afuera y les juro que hay olor a sangre". El golpeador azteca reculó desde el momento en que lo amenazaron con pegarle. En esta Confederaciones, México se prefiguró la sangre y se desmayó de solo imaginarla. Desde las Eliminatorias de CONCACAF, donde México cultivó una fobia a los conglomerados de defensores parapetados en el Estadio Azteca y celebró empates de visita como maná caído del cielo, el cuadro tricolor se hundió en una maraña de miedos e impotencias que trasladó a Brasil. Ya en la Confederaciones, el Tri se olvidó de caminar hacia adelante, aunque por momentos lo hizo hoy. La mujer sufrida, el papel de víctima que México se aprendió en sus telenovelas y trasladó al futbol, solo le dio para llorar las penas sin cambiar su destino, a lo Vivianita o Victoria Ruffo. México queda eliminado de una Copa Confederaciones a la que nunca se presentó, al menos, para morir con las botas puestas.

BONUS TRACK:

José Manuel de la Torre se basa en un discurso lleno de ambigüedades. Palabras como circunstancias, entrega, compromiso e intensidad, esquivan el diagnóstico de patologías más concretas y disfrazan lo defectuoso como algo sólido, como vendedor de fayuca que ofrece a sus clientes productos “originales”. La construcción de una realidad alterna que El Chepo hace post-partido podría servir para atemperar los ánimos de los futbolistas, pero sería una pesadilla para un psicoterapeuta. Declaraciones evasivas, llenas de muletillas, que resultan insuficientes y disonantes para explicar lo que realmente pasó en la cancha. Así que mejor presento unas declaraciones del entrenador de la Selección, totalmente falsas, pero bastante parecidas a la cuerda de muñeco que habla por él en las ruedas de prensa:

DECLARACIONES

 “Como ustedes saben, acudí al baño presa de un torzón. Me senté para obrar, pero las cosas no salieron como lo esperaba. No cagué una sola mierda, debido a un estreñimiento que tengo de dos días antes. Me esforcé durante 15 o 20 minutos, pero finalmente la mierda no salió como la esperaba. Incluso me sugestioné para estar nervioso y así la caca pudiera salir con mayor fluidez, pero no fue así. Es duro perder contra los intestinos y el ano de esa manera, es duro saber que pujas y pujas pero la mierda no quiere salir y se aprisiona en tu barriga como preso en cadena perpetua. Rescato la entrega, los sudores y las lágrimas expulsadas durante la fallida evacuación.

Pero lo importante es tener salud. Si comparo mi situación con la de miles de enfermos renales, diarreicos, los que expulsan sangre del ano y esos conejillos de indias de hospital que tienen que cagar en bacinica portátil sin moverse de la camilla, me parece que estoy muy bien. Como te repito, pese a mi estreñimiento, hay margen para mejorar mi desempeño evacuatorio. Estoy tranquilo, porque tendré otros torzones, otros llamamientos para cagar de nuevo, y con trabajo y esfuerzo espero sacar todas las suciedades del cuerpo. No he fracasado en mi objetivo de hacer ‘del dos’, al contrario, con mis pujidos y bailes en la taza di un gran avance para que los desechos intestinales al fin salgan de donde están escondidos. Y un día de estos, créanme, se logrará, porque tengo un gran sistema digestivo, mi estomago está sano y me alimento lo más saludable posible para evitar ardores o líquidos inoportunos al momento de sentarme en el WC.”

¿No sería más fácil si tomara un laxante?, pregunta el reportero


“Aún confío en mi sistema digestivo, de esta voy a salir con mucho sacrificio, No he pensado en renunciar, creo en que puedo poblar la taza con grandes y espesos mojones, y salir de esta situación”.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Atlético de Madrid y Radamel Falcao reanudan su romance con la Europa League.

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

La Europa League, plato para la clase media de Europa, nos permite ver la reconversión de actores secundarios en estrellas de cine. Sin la fama o la relevancia futbolística de un Messi o Cristiano Ronaldo, un “Tigre” de la selva cafetalera incendió Bucarest con sus goles. Radamel Falcao, el chico que quería ser beisbolista, anotó dos goles, conquistó su segunda Europa League consecutiva (la primera fue con el Porto), y despertó la codicia de billeteras europeas. Diego contribuyó con una anotación más, y el Atlético de Madrid derrumbó la ilusión de una identidad y un símbolo regional, Athletic de Bilbao. El equipo de la capital española ganó por segunda vez en tres años este trofeo, y los Valderrama, Rincón y Asprilla tienen un nuevo compañero en la elite del balompié colombiano.

En duelo de argentinos en la dirección técnica, el alumno siempre le ganó al maestro. Diego Simeone encontró en la tozudez de Marcelo Bielsa la fórmula para conquistar la Europa League. Aprovechó los espacios libres que dejó su rival, y provocó el pánico en una defensiva que, desde la llegada del “Loco” de Rosario, se acostumbró a evitar goles persiguiendo las corridas de los delanteros rivales. Los riesgos que conlleva un sistema netamente ofensivo.

Comenzó el partido con una presión total del equipo madrileño. Las piernas de los futbolistas de Bielsa todavía no se desentumían por la tensión de la final, cuando Falcao propinó el primer cuadrangular al séptimo minuto.  El “Tigre” le escondió el balón a Amorebieta, y su pierna izquierda salió del escondite para mandar un balón envenenado al ángulo derecho de Gorka Iraizoz. El colombiano, de cantera argentina (River Plate) y barniz lusitano (Porto), seguramente pensó en la gran decisión que tomó al elegir el balompié sobre el deporte que aprendió de niño cuando vivió en Venezuela. Y los seguidores colchoneros, felices, lo agradecieron.

Luego del tanto inaugural, los vascos empezaron a hilar algunas buenas jugadas ofensivas. Fernando Llorente tuvo su única oportunidad de marcar al 17’, pero no remató con comodidad y el balón se perdió en un costado del arco colchonero. Al minuto 25’, Iker Muniaín disparó a un rincón donde sólo los larguiruchos brazos de Thibault Courtois, arquero belga de casi dos metros de altura, podían llegar.  Pero el Atlético de Madrid tenía mayor control emocional y al 34’ dieron su segundo golpe.

El seleccionado venezolano Fernando Amorebieta perdió el balón en la salida, el turco Arda Turan mandó una diagonal y cuando parecía que Radamel Falcao no llegaba al balón, lo jaló con su botín derecho, ridiculizó la barrida de Jon Aurtenexte y remató a placer. El “Tigre” se robó la noche, fue el mejor jugador del partido y convirtió su decimo segundo tanto, que le da por segunda ocasión consecutiva el trofeo al mejor romperredes de la Europa League.

La paidocracia de Lezama se llevó una lección. La mayor experiencia del cuadro de Manzanares pesó, y eso provocó que el Atlético siempre tuviera el control de las acciones. En tierra de vampiros, el Aleti sacó sus colmillos retorcidos ante un Athletic con dientes de leche. La aldea vasca, en la cita decisiva de Rumania, sucumbió al nervio y agrandó en la memoria de sus seguidores las hazañas de Old Trafford y Gelsenkirchen. Mientras la gabarra permanecía anclada en el puerto, varios jugadores colchoneros brillaron en su accionar, además del “Tigre” voraz que se disfraza de goleador evangélico.

Mario Suárez, descarte de la cantera colchonera en varios años para dejar su lugar a medianías que machacaban el presupuesto de los directivos y excitaban la furia de los seguidores, recuperó todos los balones que pasaban por su zona. Un creativo en rehabilitación. Diego, descartado en el Wolfsburg por un entrenador, Felix Magath, adepto a los balones medicinales y la preparación física de etiqueta militar, encontró un respiro de aire fresco en Manzanares y se reencontró con el buen futbol. Otro brasileño, Filipe Luis, fue la torre del ajedrez de Simeone por la lateral derecha, desapareció a Markel Susaeta y se animó a atacar en varias ocasiones. Y Arda Turan, el turco rebelde de la parte europea de Estambul, destacó por su trato del balón y visión de juego.

La segunda parte dio paso a una versión cada vez más alterada del Athletic. Se perdió el juego de conjunto a ras de césped, y presionados por el marcador adverso, mandaron pedradas al área bien apagadas por Courtois. El equipo de Simeone replegó líneas para administrar las piernas a la hora de los contragolpes. Los jóvenes vascos sucumbieron ante la desesperación y el brasileño Diego sentenció a seis minutos del final. La Europa League regresa, luego de un año de ausencia, a la fuente de Neptuno.

La directiva colchonera disfruta de convivir con el vértigo. Al inicio de la temporada, de manera sorpresiva, nombraron a Gregorio Manzano como entrenador del equipo, luego de una primera etapa no muy afortunada en el año 2004. El Aleti, devorador de entrenadores, es una bestia que no entrega segundas oportunidades. La irascibilidad del difunto presidente Jesús Gil y Gil contagió a generaciones de fanáticos broncos y tercos, que conviven con la prepotencia y paternidad alevosa del vecino de Chamartín. El equipo era un turista extraviado en la cancha. Fue necesaria una inyección de sangre roja y blanca. Y el ídolo argentino, Diego Simeone, ancló sus naves en el Vicente Calderón. A partir de ese momento, la performance fue evidente, y dio como resultado inmediato la conquista de la Europa League

En Bilbao, la decepción fue grande ante el desempeño de un cuadro que partía como favorito. El ayuno europeo deberá esperar para ser saciado en una aldea añeja, apegada a principios y costumbres que hacen del Athletic un equipo único en el mundo. La ilusión de un título creció con el trabajo de Marcelo Bielsa, el rebelde y romántico argentino que capitanea en cuclillas y viste de chándal.  La postal de un pueblo hundido se ejemplificó  en el llanto infantil y cristalino de Iker Muniain e Ibai Gómez, dos niños que encontrarán en la identidad de un pueblo entero las fuerzas para olvidar esta derrota. Porque al final, no importa el dinero ni los títulos, sino la supervivencia de toda una filosofía, minada por la Ley Bosman, la globalización y las carteras abultadas de los millonarios de Europa. 

lunes, 30 de abril de 2012

Las grandes esperanzas del Manchester City (Crónica)

El Manchester City tomó por asalto la ciudad y el liderato de la Premier League. Un frentazo del belga Vincent Kompany en el descuento del primer tiempo bastó para derrotar al vecino, un United que perdió la batalla desde la alineación inicial que Sir Alex Ferguson mandó a la cancha.

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez


La Premier League está en manos del Manchester City. En la final adelantada de la temporada, un solitario gol de Kompany llena de esperanzas, grandes esperanzas, a uno de los anteriores niños pobres del futbol británico. Empatados a 83 puntos, pero con la diferencia de goles favorable al City, los dos equipos de Manchester parecen viajar en rumbos opuestos. Manchester United viaja en un tren vacío, rumbo al crepúsculo de una era brillante, lleno de bonanza y títulos. Manchester City se desplaza en avión privado de fábrica árabe, buscando llegar al aeropuerto de grandes equipos que conforman el escenario europeo del futbol. Quedan dos partidos para saber si semejantes viajes llegan a sus destinos;  el avión puede estrellarse y el tren podría llenarse de pasajeros para alumbrar un nuevo día de éxitos.

El nuevo rico de Inglaterra fue ayudado involuntariamente por una serie de decisiones erradas de su vecino. Sir Alex Ferguson aposto por la vieja guardia, recluyendo a Ryan Giggs en labores de contención y confiando en la experiencia de un Paul Scholes que se encontraba en el retiro hace seis meses. Sin embargo, replegó en exceso a su equipo y pecó de mezquino dejando en el banco a jugadores desequilibrantes como Danny Welbeck, Ashley Young y Antonio Valencia. Recargó su arsenal ofensivo con un solo fusil en punta, Wayne Rooney, lo que provocó anemia en la elaboración de jugadas ofensivas peligrosas. Joe Hart disfrutó de una noche apacible y Roberto Mancini, entrenador de los Citizens criticado por sus planteamientos cautelosos, debió alegrarse de que esta noche, las críticas finalmente no serían para él.


El primer tiempo resultó peleado, pero poco brillante. Manchester City, equipo goleador donde los haya, sufrió la problemática de toda la temporada, extraviar la creatividad ante equipos fuertes y replegados , y  explotar la dinamita ante oncenas modestas que amontonan hombres en la zona defensiva para no comerse una goleada. En esta ocasión, los dirigidos por Mancini se vieron más desahogados porque Manchester United olvidó sus colmillos afilados en Old Trafford y quiso morder con dentadura postiza a un armazón de hierro. En los “citizens”, sólo Sergio Agüero y Samir Nasri pusieron algo de creatividad. Los otros veinte futbolistas corrieron como caballos desbocados y sin estribos, en un primer tiempo con mayor derroche de ácido láctico que de fútbol.

Sin embargo, un balón parado desequilibró la monotonía de un encuentro físico, donde la técnica sucumbió ante el kilometraje recorrido en la cancha, partido predilecto de los preparadores físicos y los fisioterapeutas, pero nunca de los aficionados al futbol. En un tiro de esquina, en el primer minuto agregado del primer tiempo, Kompany le ganó la espalda a Chris Smalling, remató con fuerza y el esférico reventó el arco de David de Gea. Un gol para soñar, para quitarse ocho puntos de desventaja de sus vecinos y 36 años de frustraciones. El gol que permite al cuadro de Mancini depender de sí mismo para cambiar las deshonras por las alegrías, y regalar una sonrisa a una afición hastiada de las burlas del vecino ganador.

La segunda mitad presentó a un Manchester United demasiado encadenado a sus vicios. Obligado a atacar para mantener el primer lugar, presentó su mejor papel de víctima rebasada por los acontecimientos. Vivió lamentando el desperdicio del primer tiempo y no tuvo valentía para recomponer el camino en el segundo. Las llegadas peligrosas brillaron por su ausencia y ni las rectificaciones tardías de Alex Ferguson (le dio media hora a Welbeck y  le mendigó diez minutos a Valencia) cambiaron el tono azul del clásico de Manchester.  El City, por su parte, manejó mejor el partido pero pudo llevarse una sorpresa al decidir replegar líneas en los últimos minutos contra un boxeador que sólo buscaba el golpe de suerte para noquear. Mancini se acordó de su estirpe italiana y metió a Nigel de Jong y Micah Richards en lugar del indultado Carlos Tévez y David Silva. Esta vez, el entrenador se salió con la suya. Una pelea verbal entre Mancini y Ferguson, propia de la calentura de un derbi, refleja la nueva lucha entre dos equipos que podrían continuar con su puja por los títulos en próximos años, y la nueva conducta de un vecino que solía bajar la mirada ante las hazañas del dueño de Old Trafford.

La historia de Phillip Pirrip, el niño pobre que recibe una herencia y forma parte de las clases altas de Londres, existe en la Premier League. Si Charles Dickens hubiese escrito su novela “Grandes Esperanzas” en el 2012, el Manchester City sería su inspiración principal. Es la historia de un equipo pobre, humillado por su hermano de ciudad, Manchester United, acompañado de aficionados con alma de herreros, reacios a las adversidades y al brillo del vecino. Un buen día, recibe una herencia, reflejada en el dinero de un mecenas petrolero de Abu Dhabi. Ese equipo se educa en la alta competencia futbolística, invierte (en algunos casos derrocha) millones en jugadores de alto nivel,  y hoy, más que nunca, está cerca de conquistar el corazón duro de la señorita Estela Havisham del futbol, la Premier League, luego de 36 años de penalidades y sufrimiento.

miércoles, 25 de abril de 2012

Los penales regalan al Bayern Munich la final soñada.

Por Carlos Andrés Gallegos Valdez

Aquellos que aseguran que los penales no pueden ser una lotería, se equivocan. Es una especialidad donde los más serenos triunfan, es la fría lógica aplicada en un deporte de emociones. Los nervios se subliman en ollas de presión, las piernas tambalean de puro nervio y los fantasmas de un posible fallo amedrentan hasta a los más grandes cracks. Le pasó a Lionel Messi ayer, le ocurrió a grandes jugadores como Maradona o Platini, y le sucedió a Cristiano Ronaldo, el infalible ejecutor de penales y el mejor jugador de su equipo la noche de hoy, que también demostró su condición de mortal. Fueron once metros los que dejaron fuera al Real Madrid, que a pesar de ganar 2-1 y empatar el global a tres, erró tres de sus cuatro penas máximas y abandonó el sueño de la Décima al perder 3-1 en la instancia más cruel. Bayern Munich, por su parte, jugará ante el Chelsea la gran final de la Champions League, el 19 de mayo, en casa, en Allianz Arena, con el cobijo de su público.

Real Madrid comenzó con presión subyugante. Tomó del cuello a su rival y no le permitió respirar en los primeros quince minutos del partido. Los astros merengues hilaban buenas jugadas ofensivas y la pelota viajaba tan rápida en campo bávaro que los defensores apenas atinaban a cortar los avances locales. Las urgencias madridistas por igualar el global se aliviaron muy pronto. En el sexto minuto, el árbitro húngaro Viktor Kassai marcó penal por mano de David Alaba y Cristiano Ronaldo tomó el balón para cobrarlo.

El portugués, infalible (hasta ahora) en esta especialidad, engañó a Manuel Neuer, y el Santiago Bernabéu encendió antorchas para iluminar el camino a Munich. Nadie se imaginaría que dos horas después, el perfecto tirador de penales también se vestiría de humano.

Aunque Arjen Robben voló una pelota franca de gol, cuando solo tenía enfrente la oposición de Iker Casillas, y Mario Gómez avisó con un tiro que escupió Casillas y Franck Ribery no alcanzó a contra rematar, el cuadro de José Mourinho tenía el control de las acciones. Al minuto 14, la presión de los blancos llenó de pánico a los defensores bávaros, Ozil aprovechó la coyuntura y con una asistencia samaritana dejó a Cristiano Ronaldo en soledad con Neuer. El siete merengue definió mecánicamente, y el balón se anidó en el rincón derecho de la red como un conejo perezoso.

Pero años de adversidades, guerras y contratiempos modelaron el corazón alemán como un antídoto infalible contra la catatonía. Allí donde muchos ven motivo para tirar la toalla, el alemán la recoge y cura sus heridas con ella. Desde el “Milagro de Berna” en el mundial de 1954, el mundo aprendió que un equipo o combinado del país germano jamás perderá la estabilidad emocional ni la voluntad por ganar. Los alemanes son los mejores en atemperar el ánimo en situaciones adversas, y hoy el Real Madrid volvió a aprender la lección, a pesar de su incuestionable grandeza futbolística.  

A ello también contribuyó el equipo español, quien dejó de presionar y buscar más anotaciones. Le quitó la soga del cuello al Bayern y hasta le regaló la cuerda con la que iban a asfixiarlo. José Mourinho cometió el error de muchos entrenadores, entender el llamado “manejo” de un partido como la capacidad de regalarle la iniciativa al equipo contrario, como si el piloto de un automóvil pensara que el vehículo se manejará mejor quitando las manos del volante y los pies del freno y el acelerador. El colectivo de Jupp Heynckes respondió con un disparo de Robben al 16’, una serie de cabezazos sin solución final en un tiro de esquina y una serie de embestidas de Mario Gómez, el “Torero”  transformado en el toro que debieron lidiar Pepe y Sergio Ramos.

En la mitad del primer tiempo, Toni Kroos dibujó por la banda una parábola que buscaba a Gómez, el delantero cayó en el área y Kassai señaló penal por presunto empujón de Pepe. El mejor momento para la redención de un exiliado llegaría. Arjen Robben, el desterrado del Bernabéu, el calvo prematuro que debió dejar Madrid ante las rutilantes contrataciones de Cristiano Ronaldo y Kaká en el 2009, silenció a los locales con su certero penal, no sin dramatismo. Iker Casillas adivinó el lanzamiento del holandés, se lanzó a su derecha y cacheteó el esférico con sus falanges, pero el penal fue demasiado bien ejecutado como para no terminar en gol. Era el minuto 27.

El último cuarto de hora del primer tiempo fue la confirmación de 45 minutos excepcionales, lleno de llegadas por ambos bandos. Por el Real Madrid, Karim Benzema trazó una curva que puso con la piel de gallina al poste izquierdo del arco de Neuer y un centro de Xabi Alonso no encontró rematador en las postrimerías del descanso. En la oncena alemana, Mario Gómez erró un mano a mano contra Iker Casillas luego de un pase de Ribery.

No obstante, el segundo tiempo decayó para dar paso a las uñas mordisqueadas, las manos sudorosas y las caras desencajadas de los seguidores locales. Con el empate global, los dos equipos extremaron precauciones, cerraron las puertas con candado y taparon ventanas con persianas y cortinas. El miedo a errar dominó el escenario verde del Bernabéu. Los dos equipos aseguraban demasiado los pases, ralentizaban la velocidad del juego y defendían con casi todos los efectivos al momento de extraviar el balón. El drama que llenó de emociones el primer tiempo se convirtió en una obra con actuaciones contenidas y libreto recitado por actores que temían olvidar los diálogos. Con tal moderación de sentimientos, era inevitable la llegada de los tiempos extra. Sin embargo, la intensidad a la hora de disputar el balón no decayó, y los veintidós jugadores terminaron el tiempo reglamentario con tobillos amoratados, piernas a punto del calambre y con la lengua de fuera.

En los tiempos extra apenas hubo novedades, más allá de una jugada polémica donde Esteban Granero cayó dentro del área visitante por posible jalón de Neuer, en el décimo minuto del segundo tiempo extra. Los penales eran inevitables, casi esperados por los dos entrenadores. Jupp Heynckes se negó a realizar cambios para refrescar a su plantilla, y José Mourinho postergó para los penales sus ilusiones de avanzar la eliminatoria, al sacar a Mesut Ozil y meter al ya mencionado Granero.  Y los penales llegaron.

Once metros, donde la portería se achica y los porteros se vuelven gigantes. Los penales no pueden ser una lotería, se equivocan quienes dicen eso. Para muestra un botón: cinco de los nueve cobradores fallaron sus cobros. Figuras que ganan millones de euros no pueden tirar un simple penal, dicen algunos. Estos tiros son más complejos de lo que parecen.

[foto de la noticia]Bayern Munich tiro primero. El austriaco David Alaba arrinconó el balón con precisión de cirujano. El primer cobrador del Real Madrid, el que nunca falla, Cristiano Ronaldo, lo erró. Sus iniciales y su número, que recuerdan la frialdad de un robot de acero, flaquearon ante la estirada de Manuel Neuer y revivieron aquel último cobro que había errado el lusitano, en la final de la Champions del 2008 contra el Chelsea. Ese día sus compañeros lo salvaron. Hoy no pudieron con el hielo bávaro.

Mario Gómez acrecentó la ventaja. Kaká, un balón de oro que pasó a fungir un papel secundario en el Real Madrid, empequeñeció ante la figura de Neuer. Los alemanes perdieron los nervios por un momento, Toni Kroos y Philip Lahm se estrellaron con Casillas, mientras Xabi Alonso devolvía el oxígeno a sus seguidores. Pero Sergio Ramos lanzó un proyectil a las tribunas del Santiago Bernabéu y Bastian Schwensteiger sentenció la eliminatoria.  Munich está de fiesta, sus hijos adoptivos jugarán la final en casa.

Bayern Munich players celebrate their victory over Real Madrid in Wednesday's Champions League second-leg semifinal. Bayern will meet Chelsea in the final next month.

La televisión y millones de aficionados esperaban ver en la final al Real Madrid y Barcelona, pero dos visitantes latosos e hiperactivos clausuraron la fiesta en sus propios campos.  El futbol les sacó la lengua a los dos gigantes españoles. Bayern Munich y Chelsea, los dos patitos feos de las semifinales, se convirtieron en cisnes.